Mi columna de La Comarca.

          Hablar del Medio Rural, de los problemas que nos acucian a las gentes de los pueblos está muy de moda. Legislar en contra de nuestro desarrollo, actuar en consonancia con las mentalidades más retrógradas y urbanitas, también. Vengo defendiendo desde esta columna, que el acoso al que se nos somete a las gentes de los pueblos es constante, y que el desmantelamiento paulatino de nuestros municipios y sus servicios es premeditado, porque para los adalides del recorte, somos prescindibles y bajo su mirada de estúpidos integrales, debemos parecerles costosos. Huelga decir lo bien que le va al pago de los intereses de la deuda gracias a todos los recortes en desarrollo rural, amén de los que afectan a la sanidad,  educación, inversiones, etc.

            Si los jóvenes del resto de España lo tienen difícil, los nuestros lo tienen imposible; sin ellos las tasas de reposición demográfica son una quimera, y nuestro futuro sombrío. Aunque parece que eso no importa. Algunos jóvenes emprendedores han creído que la agricultura y la ganadería eran una alternativa, y se han decidido a modernizar e impulsar sus explotaciones agropecuarias. Una apuesta compleja, pero que genera empleo, consolida población y alienta un modelo de desarrollo sobre la base de la industria agroalimentaria. En ellas estábamos cuando nuestro ejecutivo autonómico dio su visto bueno a una reforma de la PAC que menosprecia a los agricultores turolenses, al aprobar unas asignaciones por rendimientos que son muy inferiores a las del resto de Aragón. Debe ser difícil de entender nuestra realidad para quien no pisa el terreno, quien no visita los pueblos, ni es capaz de comprender que nuestro clima, nuestra orografía y nuestras infraestructuras limitan nuestros rendimientos. Para que luego hablen de apoyar a los pueblos y a los jóvenes.

             Esto se soluciona con voluntad y reformas estructurales. Pero aquí las capacidades y las voluntades son muy limitadas a tenor de los resultados, y máxime cuando el discurso y la visión capitalina se acaban imponiendo, cuando la moqueta manda sobre la huebra.