Dejo aquí mi opinón de este viernes, y se la dedico a Rouco Varela. Aunque lo mejor lo escribía Javier Gallego, de CARNE CRUDA en eldiario.es Glorioso. 

         Para quienes creyeron un día la milonga de la “Aconfesionalidad” del Estado, la marcha del presidente de la Conferencia Episcopal, no debería de haber sido más que un hecho anecdótico; pero para quienes hemos padecido en toda su crudeza el poder desplegado por el inefable Rouco Varela, su adiós llega incluso a ser trascendental. Sólo así podemos sentirlo quienes hemos visto como el conservadurismo más rancio ha impuesto su tesis al gobierno; cómo nuestras más importantes conquistas sociales, han sido pisoteadas de forma miserable por parte de este sujeto, que en lugar de predicar el evangelio, se ha dedicado a hacer política.

            La herencia de este personaje se deja sentir hasta el final; lo ha dejado todo atadico.  Así se entiende que sigamos haciendo misas de Estado, por mucho que sea el X Aniversario del 11-M y que allí se despida alentando a quienes divulgaron y defendieron la ignominia de la conspiración. Él, que en lugar de alentar el perdón desde la COPE, impulsó la confrontación. Él que ordenó tomar las calles para defender su idea de familia, pero no las ha pisado para clamar contra los recortes. Tampoco ha salido a defender lo público, porque a su negocio eclesial le va muy bien con la educación concertada (y sesgada). Mientras a todos nos han recortado, a su iglesia la han blindado en la financiación.

            Rouco Varela no ha estado con las víctimas de las preferentes, ni con los desahuciados; no ha estado en los barrios marginales, ni ha combatido las bolsas de pobreza. Lo suyo es la cruzada por España, contra el aborto y contra el matrimonio homosexual. Su herencia la vemos en un Estado que condecora con medallas al mérito a la Virgen del Pilar o a la del Amor, que paga dietas a policías que peregrinan a Lourdes; con Ministros que se encomiendan a santos y vírgenes.  

            Así que le digo bien alto, váyase a tomar viento, lárguese bien lejos y déjenos tranquilos a quienes nunca le elegimos, ni quisimos,  aunque sí que le hemos padecido. Y de paso enciérrese con sus ideas y sus obras, para no salir jamás.