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  Ayer tocaba comenzar la jornada con el Cross Rubén Balfagón, que llegaba a su XXXVI Edición, ahí es nada. A las 10.00 cita en el Parque del Guadalopillo, y los atletas senior a la salida, para trotar por la ribera. Este año más gente que nunca, y un altísimo nivel. Los Hermanos Oscar y Raúl Carreras, se encontraron con un rival de talla nacional, nada menos que Roberto Prades, que dio una portentosa exhibición. 

  El Cross es una gozada, se trata de una cita imprescindible, y que en los últimos años ha cobrado nuevo vigor. Los Zoquetes, la Milla Urbana, la Carrera de Montaña del Caracas, la San Silvestre y el Cross. Podemos presumir, la de ocasiones que encontramos para disfrutar del atletismo; ahora sólo nos queda formar a jóvenes corredores.  

  Pero hoy no hablaré de mi, ni de la carrera. Poco que contar. Contaré lo mucho que gocé viendo a las jóvenes promesas, esos niños y niñas que se dejaron la piel en el recorrido, que lo dieron todo y pelearon hasta el final. Verles afrontar los últimos metros, verles como se enfrentan al sufrimiento, ver como les fallan las fuerzas, pero sienten el aliento del público, esos que les jalean, que les empujan hasta la meta. Ves como Tragamillas y Zancadas, son una cantera excepcional, como han venido formando a excelentes deportistas, que lo dan todo. Y ves a esos chavales ilusionados, deslumbrados por el aplauso, por los nervios de la competición. 

  La tensión en la salida, los estrategas, los que a pesar de todo se bastan de sus genes para correr y correr; un lujo. Uno de los mejores espectáculos deportivos que uno puede ver y disfrutar. Aquí nadie le grita al arbitro, nadie insulta al rival, nadie se rie de nadie. Aquí la verdad son las piernas, y lo mejor son los gritos de apoyo, los aplausos. Eso no tiene color. 

  Por cercanía y afecto hablaré de dos pruebas. En prebenjamin femenino, pudimos disfrutar de mi sobrina Cruz Magarín Sesé; de como salió bien situada, cómo progreso, y cómo se dejo llevar por los aplausos del público, que la jaleó y la condujo hacia meta. Cruz lleva los genes de su madre, y es una delicia verla correr, es puro nervio. 

  En los nacidos en 2009, la categoría menor, participaba Lorién. También estaba su primo, mi sobrino Martín. Disfruté como pocas veces de sus nervios, de su inquietud y ganas por lucir el dorsal, de cómo preguntaban cuándo les tocaba. Querían correr, querían participar, sentían, como todos los niños y niñas presentes, la magia de la competición, el calor de los aplausos, los gritos. 

  A la hora señalada, y siguiendo las indicaciones, les acompañamos a la línea de salida. Desbocados, chicos y chicas, eran difílmente contenibles; lo habíamos visto ya entre los más pequeños. Cuando llegó el momento, todos salieron disparados, todos se dirigieron hacia la meta, y pocos miraron atrás. Algunos se calleron, todos se levantaron, y se dejaron llevar por los gritos, aplausos...

  Yo les observé en la distancia, no se trataba de ir tras ellos gritándoles. No se trata de correr por ganar; se trataba simplemente de verles disfrutar. Lo sentí y lo disfruté como pocas veces. Fui partícipe de sus nervios. Y disfrute como pocas veces. Lorién ganó su prueba; es lo de menos, aunque verle con su medalla, con su alegría, sin entender muy bien que era eso del podio, qué era eso de ganar, no tiene precio. 

  Como concejal y corredor del montón, me dí el placer de coronar a algunos de los campeones y campeonas. Entre ellos a Cruz y especialmente a Lorién. Ayer estuvimos toda la tarde contando cuentos de carreras. Habló y habló de correr con sus amigos, con su primo Martín. Hace dos semanas hicimos lo mismo tras correr la San Silvestre. No hay palabras, sólo emociones e increíbles sensaciones. Para mí, esto es muy especial.