Hay noticias que no siempre esperas, y el adiós de seres queridos, de gente a la que apreciamos, nos causa un profundo dolor. 

El sábado nos dejó Ramiro Casas Sorando; el Señor Ramiro para mi familia, un hombre de talla tan enorme como su corazón.  Hablo de alguien imprescindible, de un gran hombre, de alguien que me recordaba a un sabio y una bellísima persona.

Del Sr. Ramiro recordaré siempre muchas cosas. En su plenitud te impresionaba en la distancia corta, por su enorme envergadura. Era de esos hombres que daba la mano con fuerza, y eso que ahora, un problema por el azucar en los dedos no le permitía apretarla con la firmeza de siempre. Conducía su Land Rover hasta no hace mucho, y se ataviaba con un sombrero, además de apoyarse en un bastón. Tenía una mirada profunda y un saber enorme; unos ojos que mostraban su bondad. Hablaba con pausa, con gran aplomo, hablaba y enseñaba al mismo tiempo. Los refranes de Ramiro se hicieron un hueco en las páginas de Balcei, y cultivaba ese género con un enorme saber. 

Nunca dejó de mostrarme su cariño, jamás me hizo un sólo reproche, porque sólo me dio consejos. Hablamos de muchas cosas, comentábamos temas sobre Balcei, y últimamente siempre se quejaba de su salud y del dichoso azúcar.  

Era habitual hasta el pasado verano encontrarlo acomodado a la sombra de su cochera, al pie de la carretera y refirmado sobre una cadiera, desde la que veía la vida pasar. Era un observador por naturaleza. Allí acudió la ronda de jota, un 14 de septiembre de hace dos años. Allí le cantó mi padre, lo hizo desde el respeto y el cariño que siempre le ha tenido. Lo que profesionalmente ha sido mi padre, es difícil de entender sin el Sr. Ramiro. 

Cuando en los años 60 fundó su fábrica de puertas y persianas, estaba, quizás sin saberlo, cambiando la fisonomía industrial de un pueblo que encontró en el sector de la madera uno de sus elementos de desarrollo. Allí a su lado, aprendieron mi padre y otros carpinteros, que luego emprendieron su propio camino. Sin él tal vez no se entienda que existan tantas empresas dedicadas a la carpintería y al mueble. En su día contaban con la materia prima a la puerta de casa.  

Recuerdo el retrato que preside el despacho de su hijo Carlos. Recuerdo como de pequeño cuando acompañaba a mi padre al almacén, el Sr. Ramiro le hacía pasar, le contaba lo enfadado que estaba por algo, y siempre se relajaba, además de dedicarme alguna palabra de afecto. Mi padre siempre le sonreía, aunque al tiempo que le ha profesado durante toda su vida un cariño enorme, nunca dejó de destacar su portentoso mal genio. Genio y figura. 

En mi casa se le ha tenido siempre un afecto especial, a él, y su mujer, la señora Feli. Lo mismo que a sus hijos. Y siempre, siempre, hemos hablado de ellos con tanto respeto, como cariño. 

Se ha ido un hombre inmenso, y como le dije a Carlos, deja un vacío tan grande como era él. Aquel señor que vino de Orihuela, que encontró en Alcorisa su acomodo, y que fundó una pequeña empresa, que hoy es un referente provincial en el sector de la madera. Su legado pervive, su saber podremos recordarlo y leerlo en su refranero. "No sé es superior porque se tiene más inteligencia, sino por que se sabe emplearla" decía en una de sus últimas compilaciones. 

Dijo Confucio que "No todos los hombres pueden ser grandes, pero pueden ser buenos”. En el Sr. Ramino se unían grandeza y bondad, por eso le recordaremos siempre. 

Allá dónde esté. Un abrazo grande.