Hay despertares tristes, demasiado amargos, como el del pasado domingo, cuando suena el teléfono y aún sin descolgarlo, ya intuyes que algo malo ha pasado. La llamada a primera hora no pudo ser más dolorosa, nos informaba del fallecimiento de nuestro querido Salvador, del tío Salva. 

 La semana ya había sido amarga, porque la esperanza se había decidido a desvanecerse. Las noticias caían a plomo, devastadoras. No había más que esperar, porque la enfermedad, el maldito cáncer había ganado todo el terreno, y no quedaba un resquicio que alentase una mejora en la situación. El paso de los días se vive en la incertidumbre, en esa tensa espera que precede al fatal desenlace. 

 Se fue alguien ejemplar. Se fue un hombre de voz ruda, una voz que acompañaba todas y cada una de las celebraciones familiares que compartimos. Esa voz que tanto me reprochaba el no acompañarle en su coro, que tantas veces me recriminaba en el vermú del domingo el no participar de esa fe tan rotunda, de la que ejercía como practicante. No era hombre de abrazos y caricias, pero lo era de gestos, de palabras, y en ellos le iba el cariño.

 Recuerdo muchas de las cosas que hemos compartido, tantas tardes en las Fiestas en las que buscaba a sus sobrinos para compartir una merienda, y de paso unas rancheras; cualquier excusa era buena. Me quedo con muchos, con muchísimos recuerdos, con las charradas de bar en la mañana del domingo, con San Antón y San Cristóbal, con los ratos en la plaza, con esos momentos en los que nos convertíamos en cómplices para escaparnos un rato y disfrutar de una buena conversación, ya fuese de política (siempre contra Zapatero), de fútbol (merengue empedernido), de trabajo, de la vida.... Y me quedo sobre todo con el hombre, con su saber, con su sentir. A buen seguro  dicen que el roce hace el cariño.

 Estos hubiesen sido para él días intensos, días de cosecha con el trasiego del campo a la báscula, manejando con una soltura increíble aquel enorme tractor, que aún a pesar de su modernidad le había cautivado con todos sus aparatos; nos contaba como se lo dominaba, como había redescubierto esa pasión labradora. 

 Al tio Salva le encantaba rodearse de los suyos, le gustaba compartir, contar y sobre todo cantar. Ya no seran lo mismo los encuentros, las fiestas, ya no será lo mismo el vermú. Y no será lo mismo porque nos faltará su voz recia y ruda, ese mando para marcar el tono, ese final en el que nos decía "no ha ido mal".  Pocas palabras sobrecogen tanto como las que le dedico Silvia en el día de su adiós, con esa mención expresa al "Señor Capitán", ese canto tantas veces entonado en compañía de los suyos, que ahora se quedan con el inmenso vacío que nos deja su ausencia, su adiós.

 Y allá dónde quiera que estés te doy las gracias, gracias por lo que hemos compartido, gracias por ese cariño que nos has dado. Recuerdo nuestra última conversación, hablamos un poco de todo, no esperábamos que el desenlace fuese tan inminente; hablamos del huerto, de la sequia, y de que te veías con escasas fuerzas. Te animamos, te alentamos queriendo quitarle hierro al asunto; ninguno suponíamos un adiós tan cercano.

   Ahora seguro que estás con todos aquellos hombres y mujeres buenos que nos han ido dejando. Me imagino que desde aquel rincón en lo más alto te habrás sentado con tu gente, con Fernando, José Mª, con tus padres... y que de seguro encontrarás el momento para cantar esas rancheras que para nosotros será muy dificil volver a entonar; porque tu vacío se hace inmenso, porque en cualquier rato compartido en La Mata nos vas a faltar tú, querido Salvador. Porque aunque la busquemos, ya no podremos encontrar tu mirada cómplice, porque aunque lo queramos, ya no volveremos a encontrarnos. 

   Y que sepas que el dolor es compartido, porque como cantaría mejor que nadie nuestro Pepelu, "Algo se muere en el alma cuando un amigo se va" y tu te has ido dejando la ausencia de un familiar querido, de nuestro tío y nuestro amigo. Tus sobrinos y sobrinas que nunca te olvidan, y que te seguirán queriendo mantendrán vivo el recuerdo de un gran hombre que nos quiso, al que quisimos, y a quien querremos recordar puesto en pie, entre los suyos, mientras entona la primera estrofa con ese "Salió de Jamaica, rumbo a Nueva York".