De mi última colaboración en La Comarca

Atención al dato. 138.932. Ese es el número de habitantes de la provincia de Teruel a 1 de enero de 2015, lo que supone una pérdida con relación a 2014 de 1.433 habitantes. Por sexto año consecutivo perdemos población. Y esa es desgraciadamente la tendencia que seguiremos en los próximos años. Esta cifra constata a mi juicio dos grandes certezas. La primera es el fracaso político en la gestión del problema, que hasta la fecha jamás se ha cobrado ni una sola dimisión y ni siquiera ha alentado una disculpa pública; la segunda es la tomadura de pelo  que padecemos en cada campaña electoral, porque debe ser que hablar de despoblación engorda el ego y suma votos, pero a la hora de la verdad la crudeza de los datos y la falta de políticas concretas  certifica el engaño.

Las causas evidentes están ahí; la inversión del Estado es un insulto, y las políticas de recortes han ido a degüello contra el medio rural y sus gentes. En el gobierno autonómico estas medidas encontraron durante la pasada legislatura un cómplice de excepción. Y los votantes que certifican dicha gestión en las urnas, avalan de ese modo este drama silenciado.

Teruel jamás ha sido un proyecto, jamás ha sido una idea; ha sido y es un vasto y hermoso territorio, desordenado en lo territorial, alejado en lo geográfico, pobre en lo económico y demasiado pequeño a la hora de alzar la voz, que  nunca ha estado bien gestionado.

Un ejemplo de esta mala gestión y sus nefastas consecuencias (merece ser objeto de estudio) es el rotundo fracaso de la reconversión minera, y la falta de reflejos y cintura ante la constante amenaza del cierre de la Central Térmica. Nada nuevo, ni un solo proyecto alternativo, ni una sola iniciativa que ilusione. Un FITE dilapidado en ladrillos y farolas, y un patrimonio inmenso que no sabemos gestionar. Lo perdemos todo. Además de perforar las entrañas de nuestra tierra para extraer arcillas que se manufacturan en el levante, ahora entregamos el recurso forestal a empresas italianas que fabrican pelet. Somos un modelo tercermundista en lo económico, y lo peor de todo es que no se intuye que esto vaya a cambiar. Seguiremos cerrando escuelas, consultorios y pueblos y ampliando los cementerios. Que dolor más grande.