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El Gran Trail del Aneto forma parte de muchos imaginarios, es la fiesta de las Carreras de Montaña, la “Quebrantahuesos” de los traileros. Hablamos de 5 recorridos, de un escenario majestuoso, imponente.

Por tercer año consecutivo volvía a Benasque, solo que esta vez no iba con Natalia y los niños; afrontaba la aventura en “solitario”, aunque con muy buena compañía. Tras afrontar los dos años anteriores como el único alcorisano (excepción hecha del amigo Chusta el año pasado, aunque él en la Vuelta al Aneto), esta vez venían los hermanos José Manuel y Carmelo Peralta, Jesús Ángel Navarro, Luis Palos y mi primo Ignacio Hernández.

El viernes llegué muy justo de tiempo, así que recogí mi dorsal, chequearon la mochila, y me fui a cenar con mi amigo Chusé (Que me acogía en su casa) y otro corredor, Alberto, que corría la Vuelta.  Esa noche quise estar en la salida de la Ultra, y animar a Daniel Ayala, ese “animalico” del GAMTE que debutaba en la ultra distancia. Que pasada, que emoción de salida. Por allí aparecieron más caras conocidas, Victor Troncho y sus compañeros de Calanda, mi amigo Mariano Secanella y su familia (fijos a la cita), y entre el público el grande entre en los grandes, Luis Alberto Hernando.

Me acosté tranquilo, y a las 6.30 me desperté; ya no había vuelta atrás; remoloneo, desayuno, y a prepararlo todo. Las previsiones de frio hicieron que llevase mucho material por si acaso, y al final desistí de llevarlo, me puse la ropa que tenía previsto, me colgué la mochila tras revisarlo todo mil veces y salí a la calle a reunirme con la expedición de Alcorisa Fondistas. Coño! el DNI…lo había olvidado en el piso, “iros que os alcanzo”. Cojo el DNI y regreso a la avenida, voy a beber agua y “joder! He olvidado los dos bidones!” vuelta al piso…llego y son las 8.40 hay mucha gente, ambientazo. Nos hacemos fotos, saludas a la gente que conoces, veo a mi amiguete Alberto Iranzo…nos animamos, bromeamos. Falló el speaker de los años pasados, que calentaba como nadie el ambiente, pero no podía estar. Todo listo, 1 minuto y al lio!!

Salimos entre aplausos y gritos de la gente que ocupa la Avenida los Tilos, ponemos rumbo al refugio de Estós. Por el camino y en los 3 primeros kilómetros muy buen rollete, bromas, charradas…y yo empiezo a sudar muy pronto; sentía la humedad que había dejado la tormenta, y estábamos por encima de 15 grados. Era evidente que mis compas Fondistas estaban más fuertes que yo, de hecho lo son. Yo aguantaba haciendo la goma, llevaba los bastones, andaba en las cuestas, y me iba uniendo con uno y otro; fotos y charradas, pero no tenía buenas sensaciones. Seguimos avanzando, y me quedo unos metros atrás hasta que llegamos a Estós; estaba muerto de sed, como bastante, bebo y sigo sudando; José Manuel se dio cuenta y me lo dijo; todos me preguntaron que como iba, y lo cierto es que no iba bien. Yo les decía, “marchar tranquilos, no quiero ser lastre”. Fueron 10 minutos de parada y en marcha, comenzaba la parte más dura; fui relativamente cómodo hasta el Ibonet de Batisielles, buenas sendas, correderas; perdí el contacto visual con los de delante, y mi primo Ignacio iba por detrás. En el Ibonet me paré a esperarle, justo cuando un chaval se desvaneció delante de nosotros, con un “leñazo” antológico. Empezamos la que para mí es la parte más dura de la carrera, el ascenso al gran Ibon. Grandes desniveles, y yo que no iba, ni para delante, ni para detrás, me sentía vacío. Se lo decía a Ignacio, él me decía que a seguir, que cogiese aire; me senté una vez, iba muerto, pensaba que no podía dar un paso más, que no tenía sentido aquello, sentía hasta un ligero mareo. La gente me decía que ánimo, que si quería algo, y el caso es que iba tomando de todo. Ignacio me dijo que no podía parar hasta el Ibón, y que allí hablábamos. Llegué como pude, me quité la mochila y me senté a beber y a comer. No podía dar un paso, y en ese momento llegó el helicóptero de la Guardia Civil en busca del chaval del Ibonet. Buff, me daban ganas de subirme; le dije a Ignacio que lo dejaba, que no iba a poder llegar al Collado de la Plana; me dijo que darme la vuelta me suponía otros 18 kilómetros y que tirase para delante. Así que me calcé la mochila, me calé las gafas y la gorra, y agarrado a los bastones comenzamos la ascensión. Bueno, iba poco a poco mejor, me reía de sus chistes, como el resto de la gente, y al final era yo el que marcaba el ritmo en un grupete, del que se nos iban descolgando; iba pasando a gente a la que veía peor que yo; y así chino chano llegamos a la cumbre; en la cola del Ibón, a lo lejos, ví al resto de la expedición alcorisana. No paramos ni para hacer fotos, comenzamos a bajar hacia el Refugio del Ángel Orús, que es la peor parte de la prueba, sin duda. Una chica que iba junto a nosotros se torció dos veces el tobillo, y la tercera fue la definitiva; Ignacio se quedó con ella a ayudarle en el vendaje, y yo marché adelante; fui hablando con gente, muy animado todo, y con ganas de llegar al refugio, justo cuando empezamos a cruzarnos con los de la Ultra; y llegando al Ángel Orús me topé con el primero del GAMTE, con Javichu; le grité, le jaleé y por fin llegué a comer. Bebí, comí y esperé a Ignacio que apareció a los 15 minutos; casi ni se detuvo y marchamos para debajo de nuevo.

De camino a Espigantosa seguimos animando a los Ultras, les miraba el dorsal y les gritaba su nombre, cosa que sé que agradecían mucho. Y llegando al final de la senda me topé con Daniel Ayala. Le grité desde lejos, me paré, le abracé, le pregunté cómo iba y tras un breve intercambio de palabras, seguimos, él para arriba y nosotros para abajo. Con Ignacio quedamos que él me dejaría en Eriste, y allí que fuimos, muy buen ritmo de bajada, con el único pero del dichoso cemento. Llegamos a Eriste y le dije que se fuese; yo salí tras él, pero perdí el contacto visual. Tenía a tiro a una pareja alcañizana, a la que cogí en la senda. En ese momento me veía muy capaz de bajar mi tiempo del año pasado, pero la subida a Cerler se me hizo muy larga. No paré ni un momento, avance a ritmo lento y seguro; pasé a más de uno, y me pasaron otros, a los que de nuevo daba caza. En grupete y charrando llegamos al parking de Cerler; bebí y seguí cuesta abajo. En ese momento la ampolla me molestaba, y mi rodilla derecha se resentía en la bajada. Ya sabía que iba peor que el año de antes, así que bajé a la marcheta; adelanté a 5 y sólo me pasó uno, de modo que no iba tan mal como otros; tenía Benasque a tiro, y tenía que bajar de 9.40; en la entrada al pueblo pasé a una pareja, y le esprinté a otros dos, entrando en meta muy, muy bien.

9´39”58 …en fin, era lo que había. Allí estaba Mariano Secanella con sus hijos para animarme, y el resto de la expedición alcorisana, mi amigo Raúl, Esther…me faltaba Natalia, y me faltaban los niños. Me faltaba haber entrado de su mano, pero los había tenido presentes en todo momento. Me senté un minuto, y luego abracé a mi primo “Gracias”. Bebí agua, cerveza, comí pasta, y marché a la ducha.

No fue, desde luego, mi mejor día, pero me demostré a mí mismo, que era capaz de superar un momento muy jodido. Seguí adelante, y lo hice porque en estos casos la cabeza está ahí, pero la fuerza del equipo, del grupo es imprescindible, y estaba Ignacio para animarme. De seguro que él lo hubiese hecho en una hora menos, pero me esperó. Recuerdo que el año pasado me quedé con Santi, y no me supuso ningún problema.

Vi los magníficos tiempos de mis amigos, supe de la gesta de Luis Alberto Hernando, de los corredores de la Vuelta al Aneto, llegó el ganador de la Ultra…y cada uno de nosotros tenía su propio relato, su propia experiencia. Correr estas pruebas es un reto, el mío es acabar y si puedo superarme; la vida me ha dado el más grande de los tesoros, mi familia, mis tres hijos. Entrenar no es fácil, hay que hacer lo que se debe, y correr cuando se puede; llegué muy justo, pero cumplí mi reto; la próxima bajaré de las 9 horas, y algún día haré la Vuelta al Aneto, pero para eso falta tiempo, y tampoco tengo prisa. Ahora a paladear la vivencia y a seguir disfrutando de esta pasión tan bonita.