Vivimos en un mundo de contrastes, en una sociedad de la información en la que no siempre se informa. Y ante una coyuntura como la actual, lo que cabe exigir es información y TRASPARENCIA.  Es lo que la ciudadanía viene reclamando claridad, limpieza, trasparencia.

Transparencia es saber qué es lo que pasa con Urdangarín, de qué vive ese señor, en qué se ha metido y por qué sigue recibiendo dinero público.

Trasparencia es conocer las cuentas de la Casa Real, a qué y a quienes se destinan, y cuánto se mueve en el entorno Borbón, a sabiendas de cómo se la gastan por la Zarzuela.

Transparencia es que se hagan públicas de verdad las declaraciones patrimoniales de los Diputados, y no las milongas que nos han querido contar; y mucho más transparente sería que las Cortes de Aragón no boicoteasen sistemáticamente las propuestas de CHA para que se haga público el patrimonio de los Diputados; o las dichosas cuentas de Motorland. No es trasparente que el Gobierno de Aragón firmase clausulas de confidencialidad con Dorna Sports, y que todos traguemos con eso, con un contrato oscuro del que desconocemos las cuantías, eso es una vergüenza.

Trasparencia sería que supiésemos de las verdaderas cuentas públicas, de los tejemanejes entre la banca y los grandes partidos; de las aportaciones a fundaciones, a la Iglesia.

Ser trasparentes es dejar meridianamente claro qué es lo que se quiere hacer desde el gobierno, qué se pretende hacer para contener la crisis. Eso es lo que pide la calle, la gente; queremos verdades, queremos trasparencia, queremos un futuro hecho de certezas, y no de medias verdades.